A
continuación te presentamos un breve cuento escrito
por Claudio Entzín Hernádez y publicado
en el libro "Y el bolom dice ... venimos a este
lugar".
¡Estoy
vivo!
LO
RECUERDO TODAVÍA. MI padre me despertó
temprano para que lo acompañara al panteón,
mientras mi madre y mi hermano Ruperto, el carpintero,
y Ranulfo, el k’ox, arreglaban el altar para mis
abuelos que habían muerto quince años
atrás, poco antes de mi nacimiento.
Yo,
Rito Falsario, no quería acompañarle.
Me fingí enfermo, con mucho dolor en la cabeza,
le dije que no me sentía bien para salir de la
casa; mi padre no me creyó y me llevó
por la fuerza. Le amenacé diciendo que si me
ponía peor y me pasaba algo sería por
su culpa.
No
solo eso, sino maldije a todo a aquel que también
me mandara a hacer algo o simplemente me molestara,
hasta dije que no tenía caso que se hiciera el
altar de muertos para mis abuelos y, por consiguiente,
tener tal celebración.
Como
venganza, simulé haberme puesto más grave,
cada vez más mal; así que regresé
a mi casa a dormir. Ruperto se dio cuenta de la farsa
que estaba armando y me amenazó con decirle a
mis padres; pero le dije que si no le decía haría
todo lo que él me pidiera.
Decidí
vengarme también, no estaba dispuesto a tolerar
que alguien me estuviera molestando ese día,
aunque fuera mi hermano.
Fui
a su taller, recogí un paquete de clavos y lo
escondí, pero me descubrió al hacerlo;
comenzamos a discutir. De repente le golpeé en
la cabeza con un trozo de madera, la sangre comenzó
a brotar a torrentes, a chorros, como el manantial de
donde trae agua nuestra madre.
Corrí
desesperado. No sé cómo llegué
a casa para avisarle a mi madre de que se había
golpeado la cabeza y que estaba como muerto; mi madre
corrió, corrió desesperada como nunca
lo había hecho. Cuando llegamos, él despertaba
de su desmayo. Mi madre, sollozando, le preguntó
que cómo se golpeó. Él contestó
que tropezó con una regla y fue al caer cuando
se dió en la cabeza.
Mientras tanto, me escondía detrás de
mi madre, en cuyos ojos se percibía la angustia
al saber lo peor que pudo haber sido ese día.
Nos fuimos los tres a la casa, mientras, mi hermano
se dolía y me miraba con ojos de serpiente, esperando
la ocasión de soltar su veneno y vengarse; sabía
perfectamente de lo que él era capaz, por tal,
no me separaba de mi madre.
En
una distracción de Ruperto, me alié con
mi hermanito Ranulfo, al que le gustaba molestar y jugar
con las ranas del manantial. Le pedí que corriera
al panteón a avisarle a mi padre de que me estaba
muriendo, a cambio del favor le ayudaría a atrapar
ranas y sapos el día siguiente. Así obedeció,
yo me fui a la cama; antes me tomé un sorbo de
pox que estaba en el altar, también comí
un buen tanto del tabaco de mi madre, además
de unos hongos que mi hermano había recolectado
días antes.
Con
eso quedé dormido no sé cuánto
tiempo, pero lo suficiente para aparentar el estado
de gravedad de mi supuesto dolor de cabeza. Sin embargo,
podía ver y escuchar todo cuanto sucedía
a mi alrededor. Mi madre rezaba el Yos Kajwal, mi padre
lloraba y pedía perdón por no haber creído
lo que le dijeron. Desperté y me levanté
presuroso de mi cama: «Mamá, por qué
rezas, quién es el muerto; papá, dime,
por qué no me contesta mi madre, deja de tomar,
ya no sigas. ¿Por qué no me escuchan?
Ya sé que están enojados por mi travesura,
pero díganme algo».
Ruperto
se acercaba y veía el rostro pálido del
cadáver que se encontraba dentro de la caja de
madera, decía que se pudo evitar si no hubiera
querido vengarse.
De
pronto vino Ranulfo y dijo a mi padre que yo no estaba
enfermo, mucho menos muerto, como decía la gente,
que simplemente me encontraba dormido. «¡Ay,
Ranulfo, qué ingenuo eres, se ve que todavía
no sabes distinguir un muerto, ven a verlo y sabrás
que está totalmente cadáver al que ahora
le lloran».
Vi
el sufrimiento de mi madre, y el brotar de las lágrimas
de mi padre me hizo estar de frente al muerto. Terrible
fue mi sorpresa al verme recostado, con la piel pálida,
el cuerpo tieso; quise despertar mi cuerpo pero no pude
moverlo, estaba totalmente paralizado; quise gritar
y tampoco pude.
El
féretro de madera, recién construido por
Ruperto, lo había hecho de muy buena calidad.
Con solo ver mi cadáver me asusté y grité,
grité como nunca lo había hecho:
«Ese no soy yo, papá, ayúdame; ya
nunca más fingiré estar enfermo, no tomaré
tu pox, mucho menos agarraré el tabaco de mi
madre, tampoco me comeré crudos los hongos. Mamá,
yo golpeé a Ruperto en la cabeza con una regla
en su taller; me arrepiento de todo, pero por favor
¡ayúdame!, despiértame, no dejes
que me entierren, estoy vivo, ¡siente mi respiración!…
Ruperto, ya no me desquitaré de tus amenazas,
te obedeceré en todo lo que me pidas, pero dile
a papá y a mamá la verdad, no estoy muerto,
solo me encuentro dormido, simplemente no puedo mover
nada de mí. ¡Por favor, que alguien me
ayude!».
«Ya
no hay remedio alguno, no sigas gritando, nadie te escuchará,
mucho menos te volverán a la vida; nosotros llevamos
muertos quince años y medio, lo único
que hemos recibido de ustedes desde entonces es cada
vez menos de lo que en un principio nos daban en el
altar». «Ahora compartiremos la comida que
tus padres nos dan cada año» (voces al
otro extremo de la habitación).
«¿Quiénes
son ustedes?, no les conozco, ¿cómo es
que sí pueden oírme y mis padres no?».
«¿No lo sabes?, somos tus abuelos, resígnate
desde ahora, tú te quedarás aquí
con nosotros y verás todo lo que cada integrante
de la familia hace y deshace».
«¡Noooooooo,
no puede ser!, yo sé que esto es un sueño,
que alguien venga y me despierte».
Han empezado a cargar mi ataúd. Todos lloran,
mi madre ya no aguanta más, apenas puede sostenerse
de pie; lleva dos días llorando, sin dormir y
sin comer nada; mi padre ha bebido excesivamente pox,
mi hermano Ruperto está arrepentido porque se
culpa de todo: «No hubiera pasado nada si no lo
hubiera amenazado».
Cada
paso de los que cargaban el cajón fúnebre
y el ladrido de los perros se oían como anuncios
de la fiesta del pueblo. El canto de los gallos se hacía
cada vez más insoportable, como una desesperación
por aferrarse a no morir. «¡Por favor, que
alguien me escuche, estoy vivo!». Grité
y grité, sin encontrar respuesta alguna.
Se
oyó una voz a lo lejos: «Hemos llegado,
¿lo bajaremos ahora o se van a despedir todavía?».
«¡Síiiiiiii!. Hijo, hijo, despierta,
abre los ojos, si no tienes nada ya levántate»,
decía, regañándome.
De repente abrí los ojos, me levanté y
me encontraba acostado en mi cama. Mi madre me regañaba
desde la cocina, oía perfectamente sus gritos;
mi padre, totalmente enojado, llegó corriendo
a la casa: «Ya no más mentiras, Ruperto
ha dicho la verdad. Rito, no te hagas el enfermo, ya
lo sé todo». En verdad, me sentí
totalmente feliz al escuchar los gritos de coraje de
mi padre y de mi madre; volteé la vista hacia
la habitación y la gente del velorio no estaba,
todo lo había soñado.
Ya
ha pasado el tiempo, tengo cincuenta y cinco años,
hoy es el día de mi entierro, mis hijos lloran.
Ahora acompañaré para siempre a mis abuelos
y a mis padres en la ya casa vieja que era de ellos. |
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