En México la relación con la muerte va más allá de lo folclórico o lo religioso, en ella participan todos los sectores de la vida social del país: económico, político, social, cultural, religioso; tampoco se trata de un proceso estático que involucre ciertas tradiciones inamovibles sino que, por el contrario, se va transformando y adaptando, señala el antropólogo e historiador Claudio Lomnitz, autor del libro Idea de la muerte en México.

Texto tomado de: http://www.jornada.unam.mx/2007/04/15/index.php?section=cultura&article=a06n3cul

A continuación te presentamos un breve cuento escrito por Claudio Entzín Hernádez y publicado en el libro "Y el bolom dice ... venimos a este lugar".

¡Estoy vivo!

LO RECUERDO TODAVÍA. MI padre me despertó temprano para que lo acompañara al panteón, mientras mi madre y mi hermano Ruperto, el carpintero, y Ranulfo, el k’ox, arreglaban el altar para mis abuelos que habían muerto quince años atrás, poco antes de mi nacimiento.

Yo, Rito Falsario, no quería acompañarle. Me fingí enfermo, con mucho dolor en la cabeza, le dije que no me sentía bien para salir de la casa; mi padre no me creyó y me llevó por la fuerza. Le amenacé diciendo que si me ponía peor y me pasaba algo sería por su culpa.

No solo eso, sino maldije a todo a aquel que también me mandara a hacer algo o simplemente me molestara, hasta dije que no tenía caso que se hiciera el altar de muertos para mis abuelos y, por consiguiente, tener tal celebración.

Como venganza, simulé haberme puesto más grave, cada vez más mal; así que regresé a mi casa a dormir. Ruperto se dio cuenta de la farsa que estaba armando y me amenazó con decirle a mis padres; pero le dije que si no le decía haría todo lo que él me pidiera.

Decidí vengarme también, no estaba dispuesto a tolerar que alguien me estuviera molestando ese día, aunque fuera mi hermano.

Fui a su taller, recogí un paquete de clavos y lo escondí, pero me descubrió al hacerlo; comenzamos a discutir. De repente le golpeé en la cabeza con un trozo de madera, la sangre comenzó a brotar a torrentes, a chorros, como el manantial de donde trae agua nuestra madre.

Corrí desesperado. No sé cómo llegué a casa para avisarle a mi madre de que se había golpeado la cabeza y que estaba como muerto; mi madre corrió, corrió desesperada como nunca lo había hecho. Cuando llegamos, él despertaba de su desmayo. Mi madre, sollozando, le preguntó que cómo se golpeó. Él contestó que tropezó con una regla y fue al caer cuando se dió en la cabeza.
Mientras tanto, me escondía detrás de mi madre, en cuyos ojos se percibía la angustia al saber lo peor que pudo haber sido ese día. Nos fuimos los tres a la casa, mientras, mi hermano se dolía y me miraba con ojos de serpiente, esperando la ocasión de soltar su veneno y vengarse; sabía perfectamente de lo que él era capaz, por tal, no me separaba de mi madre.

En una distracción de Ruperto, me alié con mi hermanito Ranulfo, al que le gustaba molestar y jugar con las ranas del manantial. Le pedí que corriera al panteón a avisarle a mi padre de que me estaba muriendo, a cambio del favor le ayudaría a atrapar ranas y sapos el día siguiente. Así obedeció, yo me fui a la cama; antes me tomé un sorbo de pox que estaba en el altar, también comí un buen tanto del tabaco de mi madre, además de unos hongos que mi hermano había recolectado días antes.

Con eso quedé dormido no sé cuánto tiempo, pero lo suficiente para aparentar el estado de gravedad de mi supuesto dolor de cabeza. Sin embargo, podía ver y escuchar todo cuanto sucedía a mi alrededor. Mi madre rezaba el Yos Kajwal, mi padre lloraba y pedía perdón por no haber creído lo que le dijeron. Desperté y me levanté presuroso de mi cama: «Mamá, por qué rezas, quién es el muerto; papá, dime, por qué no me contesta mi madre, deja de tomar, ya no sigas. ¿Por qué no me escuchan? Ya sé que están enojados por mi travesura, pero díganme algo».

Ruperto se acercaba y veía el rostro pálido del cadáver que se encontraba dentro de la caja de madera, decía que se pudo evitar si no hubiera querido vengarse.

De pronto vino Ranulfo y dijo a mi padre que yo no estaba enfermo, mucho menos muerto, como decía la gente, que simplemente me encontraba dormido. «¡Ay, Ranulfo, qué ingenuo eres, se ve que todavía no sabes distinguir un muerto, ven a verlo y sabrás que está totalmente cadáver al que ahora le lloran».

Vi el sufrimiento de mi madre, y el brotar de las lágrimas de mi padre me hizo estar de frente al muerto. Terrible fue mi sorpresa al verme recostado, con la piel pálida, el cuerpo tieso; quise despertar mi cuerpo pero no pude moverlo, estaba totalmente paralizado; quise gritar y tampoco pude.

El féretro de madera, recién construido por Ruperto, lo había hecho de muy buena calidad. Con solo ver mi cadáver me asusté y grité, grité como nunca lo había hecho:
«Ese no soy yo, papá, ayúdame; ya nunca más fingiré estar enfermo, no tomaré tu pox, mucho menos agarraré el tabaco de mi madre, tampoco me comeré crudos los hongos. Mamá, yo golpeé a Ruperto en la cabeza con una regla en su taller; me arrepiento de todo, pero por favor ¡ayúdame!, despiértame, no dejes que me entierren, estoy vivo, ¡siente mi respiración!… Ruperto, ya no me desquitaré de tus amenazas, te obedeceré en todo lo que me pidas, pero dile a papá y a mamá la verdad, no estoy muerto, solo me encuentro dormido, simplemente no puedo mover nada de mí. ¡Por favor, que alguien me ayude!».

«Ya no hay remedio alguno, no sigas gritando, nadie te escuchará, mucho menos te volverán a la vida; nosotros llevamos muertos quince años y medio, lo único que hemos recibido de ustedes desde entonces es cada vez menos de lo que en un principio nos daban en el altar». «Ahora compartiremos la comida que tus padres nos dan cada año» (voces al otro extremo de la habitación).

«¿Quiénes son ustedes?, no les conozco, ¿cómo es que sí pueden oírme y mis padres no?». «¿No lo sabes?, somos tus abuelos, resígnate desde ahora, tú te quedarás aquí con nosotros y verás todo lo que cada integrante de la familia hace y deshace».

«¡Noooooooo, no puede ser!, yo sé que esto es un sueño, que alguien venga y me despierte».
Han empezado a cargar mi ataúd. Todos lloran, mi madre ya no aguanta más, apenas puede sostenerse de pie; lleva dos días llorando, sin dormir y sin comer nada; mi padre ha bebido excesivamente pox, mi hermano Ruperto está arrepentido porque se culpa de todo: «No hubiera pasado nada si no lo hubiera amenazado».

Cada paso de los que cargaban el cajón fúnebre y el ladrido de los perros se oían como anuncios de la fiesta del pueblo. El canto de los gallos se hacía cada vez más insoportable, como una desesperación por aferrarse a no morir. «¡Por favor, que alguien me escuche, estoy vivo!». Grité y grité, sin encontrar respuesta alguna.

Se oyó una voz a lo lejos: «Hemos llegado, ¿lo bajaremos ahora o se van a despedir todavía?». «¡Síiiiiiii!. Hijo, hijo, despierta, abre los ojos, si no tienes nada ya levántate», decía, regañándome.
De repente abrí los ojos, me levanté y me encontraba acostado en mi cama. Mi madre me regañaba desde la cocina, oía perfectamente sus gritos; mi padre, totalmente enojado, llegó corriendo a la casa: «Ya no más mentiras, Ruperto ha dicho la verdad. Rito, no te hagas el enfermo, ya lo sé todo». En verdad, me sentí totalmente feliz al escuchar los gritos de coraje de mi padre y de mi madre; volteé la vista hacia la habitación y la gente del velorio no estaba, todo lo había soñado.

Ya ha pasado el tiempo, tengo cincuenta y cinco años, hoy es el día de mi entierro, mis hijos lloran. Ahora acompañaré para siempre a mis abuelos y a mis padres en la ya casa vieja que era de ellos.

 
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